William Burroghs y otros chacas cool

Cuando de realizar un análisis de la obra de cualquier creador se trata, mucho tiene que ver el conocimiento del entorno en el que se desenvuelve día a día para comprender y entender el verdadero contexto de sus palabras.

En la actualidad, la “mamonería” es moneda de uso corriente, tanto que ya no se puede ser “mamón” sin sacar a relucir el código postal, so pena de incurrir en una “falta” de “barrio”, aún cuando el uso de la palabra y el lenguaje sea algo tan soez y vulgar que resulte más ofensivo que cualquier alegre picardía.

Tanto así que esa permanente necesidad de mostrarse superior al del otro estrato, en los términos y reglas de aquellos de los que tanto reniega, nos ha llenado de gente que existe sin entender lo que sucede, fomentando la estigmatización a través del uso de sobrenombres generalmente precedidos por un “lady” o “lord”.

Lo peor de esta confusión de roles es el hecho de que el común denominador es la más grave psicosis masiva que recuerdo desde que tengo uso de razón, pues es tal la necesidad de señalar la paja en el ojo ajeno, que descuidamos la retaguardia para que alguien más se tome una selfie en la viga que cargamos en el trasero.

Así las cosas, les compartimos un texto de Ángel Armenta, jóven creador, académico y parte de ese grupo de gente eminentemente intelectual con la que en ocasiones tengo charlas enriquecedoras en el entendido de que somos lo que somos y así como de sus términos académicos me nutro, creo que algún punto a reflexionar les dejo con mis pueriles versos.

Se vale reír, llorar pero no encabronarse sin haber reflexionado antes la razón de sentirse ofendido.

REVISTA PRIMERA PÁGINA

Hace tiempo, mi amigo José Riwes, integrante de la banda The Dragulas, me contó una gran anécdota. Me contó que en sus años de universidad la película de Transpotting se estrenó, y más de uno de sus compañeros de facultad adoptó el personaje de los cuatro malandros del Reino Unido. Mi amigo José, de manera audaz,  preguntó: “¿Por qué celebrar a cuatro chacas malandros, si aquí abundan de esos?” a lo que sus compañeros respondieron: “Bueno, es que aquellos malandros escuchan a Underworld”. La historia me causó mucha risa, se dejaba entrever  lo que en algún momento hemos definido como colonialismo musical, pero bueno, esa es harina de otro costal.

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