Juan Gabriel: El Genio de la música popular mexicana de la era moderna

La música es una experiencia colectiva.

Más allá de su composición en términos de estructura y complejidad, o de su popularidad en términos de ventas, la realidad es que pocas veces tenemos la ocasión de presenciar la construcción y el desarrollo de una trayectoria que consiga superar ese tipo de cosas al permear en el gusto de la gente por el hecho de que, desde el más abstracto al más elitista, pasando por el más plebe o la más fresa, todo mundo conoce al menos una de las obras de su creador, teniéndola en su lista de “gustos”, abiertamente reconocidos o etiquetados como “culposos”, lo que sea que esto último signifique.

La llamada “Música Clásica”, “Música Culta” se constituyó como tal al ser desarrollada en una época en la que los medios de comunicación eran bastante precarios como para permitir que “el pueblo” tuviese acceso a esta, que era creada bajo una práctica de mecenazgo, en la que los nobles, principalmente, adoptaban a gente instruida en las artes con un nivel tal que les permitiera crear distintas obras que presentarían a su círculo de amigos en distintos ágapes  y tertulias a las que no se podía asistir sin invitación, para la cual el requisito principal era el contar con cierto nivel de linaje.

Algo a lo que, una absoluta mayoría no tendríamos acceso en estos tiempos, por muy mamón, exquisito o elitista que se pretenda ser.

Quizá la única vía para el pueblo de acercarse a la llamada “Música Culta” sería la Misa, ceremonia religiosa en la que, sin nada que hacer, había que poner atención para no perderse un solo instante de eso que circulaba por el aire y que vendría siendo una especie de distracción de la vida cotidiana más que lo que sea dicen es la liturgia, lo más cercano a un concierto de la era moderna, esto de acuerdo a lo aprendido de uno de mis maestros, Gerry Rosado.

Con el paso del tiempo y los avances tecnológicos tenemos cada vez más a la mano este tipo de experiencias, más con la llegada de la imprenta, el radio y las vías de tránsito (¡Don Beto, Don Beto, Ya tenemos carretera!), en algún momento, el pueblo fue capaz de discernir y hacerse de un gusto propio, uno que no tenía nada que ver con lo que desde la élite se hacía y que reflejaba más su modo de vivir, encarar y resolver la vida.

Así, en ese proceso de la evolución humana, fuimos capaces de apropiarnos de aquello que nos gusta, como una experiencia enriquecedora, liberadora para cuerpo, mente y alma.

Entonces pues, ya no tenemos que seguir los mismos pasos de baile acompasados como nos enseñan en un bailable de jardín de niños, gracias a la libertad de escribir, componer y, sobre todo, de escuchar, nos hicimos algo más que simples campesinos, aún cuando aquellos que enarbolan la bandera de la moral y las buenas costumbres digan que “algo está mal” con eso.

En tanto edifiques y no dañes a nadie, haz lo que se te de la gana.

Así las cosas, entre tantas figuras, ídolos, alternantes, acompañantes, mitos y leyendas, es el pueblo quien decide quien pasa al Olimpo de la Cultura Popular, una que no discrimina y de la cual todos tenemos algo, así sea una pizca, para compartir en la bolsa.

Tanto así que es cuando la constancia y el alcance de su trabajo hace que algunas de estas figuras se conviertan en iconos pop, ídolos, y pocos, muy pocos, en leyendas que habrán de sobrepasar el tiempo y hacer suyo el espacio que ocupamos al transmitir, de oído en oído, su legado musical.

Juan Gabriel, desde siempre, fue una de esas figuras a las que me toco reconocer y ver su evolución, desde que de rebote escuchaba un programa de radio que iniciaba con el locutor presentando una hora de temas creados por el llamado Divo de Juárez, interpretados por él y otros artistas.

Es debatible como ayudaron los medios a construir esta figura, más su alcance es algo que rebasaba cualquier barrera que se pretendiera imponer en términos de clase con la forma de cualquier tipo de censura.

Domingo 28 de Agosto, en la charla de sobremesa tras compartir el pan y la sal con la familia de la Radio, maestros en materia de la comunicación, amigos, nos enteramos del fallecimiento de Alberto Aguilera Valadez, mexicano, michoacano de nacimiento, juarense por decisión, que tuvo la gracia de ser uno de los más prolíficos músicos y pródigos compositores que hemos visto recorrer esta tierra.

Los números lo dicen todo, canciones en cantidad, éxitos en calidad y una trascendencia tal a la que no solo el mundo de habla hispana rinde tributo, sino que ha hecho ya parte de su memoria colectiva, una en la que sus temas más emblemáticos no faltarán para acompañar episodios de la vida cotidiana de hoy y siempre.

No hay mejor manera de reconocer a este Genio que presentar una serie de canciones que son interpretadas de distintas formas a como las concibiera su creador, pero que nos hablan de los distintos nichos que han sido permeados por su trabajo.

Descanse en Paz Alberto Aguilera Valadez.

Buenos Días, Señor Sol, la canción de la actitud necesaria para comenzar un nuevo día.

La Muerte del Palomo, una canción de luto, no para despedir a un amigo, sino para despedir algún sueño, una ilusión y renacer con un nuevo plumaje para surcar nuevos horizontes.

Yo No Nací Para Amar, la canción de la inmadurez emocional, algo típico de la juventud cuando las ansias de ser te llevan a ilusionarte, idealizar algo que de repente ves que todos tienen pero que para tomar su verdadera forma requiere de recorrer un largo camino de experiencias y auto reconocimiento para ser libre, pleno y encontrar a quien será tu compañía.

Costumbres, una canción que trata de aquellas relaciones interpersonales a las que nos amarramos porque no somos capaces de soltar el pasado, con la esperanza de que llegue algo mejor, más si eso llegara a suceder, seríamos incapaces de reconocerlo pues abrazamos algo que ya no nos corresponde.

Querida, la canción que retrata eso que debería ser una relación amorosa: algo imperfecto pero perfectible en sus distintas etapas, las cuales al paso del tiempo habrán de ser cada vez más plenas y estables, tanto el conocimiento mutuo sumado al reconocimiento, aceptación y corrección de las propias fallas.

El Noa Noa, mítico lugar que existe de distintas formas en el imaginario colectivo, susceptible de construirse, desarmarse y re armarse cuando queremos fiesta pues, si bien lo dice la letra de la canción, es un lugar de ambiente donde todo es diferente y todo aquel que vaya en son de paz es bienvenido.

Amor Eterno, la canción de esas despedidas que sabemos no son más que un hasta luego, pues como humanos que somos sabemos que tendremos todos un mismo destino al final, por lo que más allá de la melancolía de la letra, hace falta comprender que durante la vida hay que llenarnos de momentos felices, alegres, que serán los que al final habrán de llenar ese espacio donde se resiente la ausencia.

Se Me Olvidó Otra Vez, la canción de esas bromas que suele jugarnos la propia memoria, al hacernos recordar nomás lo bonito de alguien que se fue para bien, pues su lugar no está a nuestro lado. Triste, pero cierto, hay quien se aferra al pasado porque siente que no es capaz de construir algo mejor.

De Mi Enamórate, la canción de la indecisión, del pesar que produce un lamento generado por no saber reconocer ni expresar nuestras emociones, reprimiéndolas para ahogarlas en un sufrimiento del cual solo se puede salir con la determinación de atreverse y asumir las consecuencias de nuestra decisión, pues si bien es bonito un ideal, la realidad pudiera no ser lo que esperamos, quizá algo mejor pero eso solo lo sabremos al tomar acción.

¡Gracias Juan Gabriel!

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